JESÚS, RESTAURA
Y Jesús curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. (Marcos 1:34)
El comienzo del evangelio de Marcos muestra una actividad frenética de parte de Jesús. Lo vemos curando enfermos, liberando personas poseídas por espíritus malignos y perdonando pecados. Este proceder del Maestro tiene todo el sentido pues justo el discurso inaugural de su ministerio fue la proclamación de que el Reino de los Cielos se había hecho presente.
Cuando el Reino hace su aparición los efectos del pecado quedan eliminados o paliados por la acción de Jesús pues, no hemos de olvidar, que todos sus milagros están orientados a restaurar todas las cosas que el pecado echó a perder. La pobreza, el hambre, la posesión espiritual, la enfermedad, la marginación, la discriminación y un etcétera tan largo como queremos no es la normalidad del Reino sino las consecuencias del pecado humano. Jesús con su vida y posterior muerte sentó las bases para ese deseo del Padre de restaurar y reconciliar todas las cosas consigo mismo a través de Él.
Eso tiene una implicación y aplicación para nosotros. De forma individual y también comunitaria estamos llamados a contribuir en la reconciliación y restauración de todas las cosas. En la medida de nuestra realidad y nuestras posibilidades y como imitadores del Maestro debemos hacer presente el Reino y eliminar o paliar las consecuencias del pecado. No podemos ser ni pasivos ni neutrales.

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