CARTA DE SANTIAGO: LOS RICOS

 


El rico, en cambio, que se precie de ser humilde, pues se desvanecerá como la flor de la hierba. En efecto, del mismo modo que, al calentar el sol con toda su fuerza, se seca la hierba y cae al suelo su flor, quedando en nada toda su hermosa apariencia. Así fenecerán las empresas del rico. (Santiago 1:10-11)

En el siglo I la comunidad cristiana era algo sorprendente por ser multirracial, multicultural y poner juntos bajo un mismo Señor a diferentes clases sociales, contextos políticos y géneros.  Hasta donde yo sé no había precedentes en el mundo antiguo. Algo en común tenían todos aquellos seres humanos; hijos del mismo Padre celestial y, por tanto, hermanados entre ellos por encima de todas las diferencias y dimensiones antes mencionadas.

W. Barclay afirma que el cristianismo daba a cada uno lo que necesitaba. Ya vimos que al pobre lo elevaba en su dignidad y valor al convertirlo en hijo de Dios, quedando así igualado a cualquier otro hombre o mujer en la comunidad. El rico necesitaba un acercamiento diferente. Precisaba recordar que su valor y dignidad no provenían de las riquezas ni de su estatus social o económico. Santiago menciona que todo ello es pasajero y puede pasar de un día para el otro como las sucesivas crisis económicas nos han demostrado. 

Santiago no está haciendo un alegato en contra de la riqueza. Está recordando a las personas, incluidos nosotros, que no podemos construir una identidad en base a las riquezas o cualquier otro valor externo. Sólo Dios, como nos enseña la parábola de la casa construida sobre la roca, es el terreno propicio. Todo lo demás son arenas movedizas.

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