CUARESMA DÍA 38
Acerquémonos, pues, llenos de confianza a ese trono de gracia seguros de encontrar, seguros de encontrar la misericordia y el favor divino en el momento preciso. (Hebreos 4:16)
Culpa, miedo y vergüenza son los tres estados del ser humano que aparecen en Génesis 3. De los tres, no únicamente de la culpa, nos libra Jesús por medio de su muerte. Ya vimos la culpa y el miedo, reflexionemos hoy acerca de la vergüenza.
La vergüenza es la convicción interna de no ser el tipo de personas que uno debería ser. Somos conscientes de que no somos el tipo de ser humano que Dios espera que seamos. El problema es que, si somos honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta de que tampoco somos el tipo de personas que queremos ser. La culpa tenía relación con lo que lo hago; la vergüenza tiene que ver con lo que soy. La culpa afirma que he hecho algo malo. La vergüenza dictamina que soy malo y, al serlo, no puedo estar en la presencia de Dios porque de seguro Él me rechaza y no puede ni quiere ni le apetece estar con alguien como yo.
Pero no es esto lo que la Palabra afirma. El pasaje del anónimo autor de Hebreos no puede ser más potente. Afirma que, lejos de sentirnos avergonzados por no ser lo que deberíamos ser, podemos acercar al trono de Dios, del mismísimo creador y sustentador del universo para poder trabajar y llegar a ser lo que Él tenía en mente cuando me creó.
La reflexión cuaresmal el día de hoy es acerca de cuál es tu sentido de vergüenza, cómo te frena en tu comunión con Dios y cómo puedes vivir intensamente la libertad de poder venir con naturalidad ante su trono.

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