LA NUEVA VIDA EN CRISTO III



Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. (Romanos 8:14)


Si, como parece indicar el apóstol, tenemos dos naturalezas en pugna en nuestras vidas, hemos de tomar decisiones acerca de cuál de ellas queremos que sea la que gobierne y dirija nuestra vida. Siempre me ha sido de utilidad pensar en la vida como un vehículo. Sólo una persona puede estar al volante del mismo; resulta inconcebible el pensar en dos individuos intentando manejar simultáneamente o pugnando por tomar el control. Sin duda la situación podría resultar catastrófica. 

Pablo indica con total claridad que es nuestra responsabilidad permitir que sea el Espíritu de Dios quien esté al volante de nuestro proyecto vital. Quien conduce decide el destino y la dirección. Quien controla nuestra vida, tal y como escribe el mismo Pablo dirigiéndose a los Gálatas, es quien determina qué tipo de resultados o de frutos produce la misma. Sabemos lo que el Espíritu genera, también lo que genera la carne. El primero nos lleva a la vida y a ser más y más como Jesús; la segunda produce muerte en un sentido amplio como leíamos ayer.

Desde hace muchos años siempre comienzo el día tomando la decisión intencional de pedirle al Espíritu de Jesús que tome el control de mi vida, que la guíe y dirija; que cada área de mi experiencia esté bajo su autoridad y dirección. Hecho esto, a lo largo del día permanezco atento para asegurarme que no soy yo quien vuelve a tomar el volante de mi vida. 


¿Quién, de forma predominante, maneja tu vida? Si prestas atención a los frutos podrás ver indicadores.


Comentarios

  1. Yo manejo mi vida, y el caso es que parte de mi toma las mejores decisiones. Deseo servir a Dios, que Jesús sea mi guía y dirección.

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