DEUTERONOMIO PARTE III/ EL CÓDIGO DEUTERONÓMICO/ CAPÍTULO 13



Lo apedrearás hasta que muera, porque trató de apartarte del Señor tu Dios, que te liberó de la esclavitud de Egipto. (Deuteronomio 13:11)

Este pasaje es duro y chocante pues Dios, sin ambages de ningún tipo, ordena la muerte de aquel que aparte a otros del camino correcto. En el Antiguo Testamento las personas tenían que morir por su pecado, en el Nuevo es Dios quien muere intencional y voluntariamente por el nuestro ¡Vaya cambio tan radical! Hago esta salvedad para que no me distraiga del punto principal que quiero comentar.

La intensidad de la pena impuesta por un delito es proporcional a la gravedad del mismo. Cualquier código penal no castiga de la misma manera un robo sin violencia que un asesinato intencional y premeditado. Tiene todo el sentido.

La intensidad de la pena dictada por Dios -la muerte- nos da una idea de la gravedad de la falta cometida, apartar a otros del camino del Señor, en nuestros días sería del seguimiento de Jesús. Es bien cierto que algo ha cambiado en todo esto, es el propio Jesús quien muere por el pecado cometido, pero hay algo que percance igual, la gravedad de la falta, la intensidad del delito, lo serio que es apartar a alguien de forma intencional, consciente de lo que se hace, del seguimiento de Jesús.

Lo anteriormente dicho lleva a una doble reflexión. Primero, qué tipo de influencia ejercen sobre nosotros las personas de nuestro entorno y si son para nosotros un motivo que nos lleve a alejarnos del Dios vivo. Sin duda, no debemos matarlas, Jesús ya murió por ellos, pero ¿Deberíamos hacer algo con su influencia? Segundo, ¿Qué influencia ejercemos nosotros sobre otros? ¿Les ayudamos a acercarse a Jesús, somos un estímulo en su camino, somos una piedra de tropieza? También por eso tuvo que pagar Jesús, tuvo que morir para que nosotros no muramos.

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