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JESÚS, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

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  Santificado sea tu nombre. (Mateo 6:9) En el griego el significado original de la palabra santo es separado, diferente de lo común. Sabemos que en las Escrituras aparecen utensilios, lugares, días y personas que son santas en ese sentido. Son diferentes de lo común y están separados para usos especiales relacionados con la divinidad. En este sentido el Señor, nuestro Dios, es santo, es diferente de cualquier otra criatura existente. Él es el origen de todo lo creado y está por encima y separado de su creación. Muy, muy por encima de sus criaturas, es decir de ti y de mí. Por otra lado, en las Escrituras el nombre significa mucho más que una palabra usada para llamar o distinguir a una persona de las otras. Era una expresión del carácter, de la esencia de esa persona. El nombre del Señor es mucho más que Yavhé, es la condensación de todo su carácter tal y como las páginas del Antiguo y el Nuevo Testamento lo indican: compasivo, misericordioso, todopoderoso, sanador,...

JESÚS, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

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  ...que estás en los cielos... (Mateo 6:9) Prácticamente cada día oro por mis hijos y mis nietos. A menudo, dos veces, de forma individual y con mi esposa Sara. Con frecuencia, al orar, pienso en padres y abuelos que experimentan la impotencia ante las realidades que viven sus hijos. Padres que quisieran intervenir pero no pueden porque las circunstancias se lo impiden, porque las cosas están más allá de su control y/o capacidad. Así somos los padres humanos. Por eso es significativa la afirmación que nos compartió Jesús. Dios es nuestro Padre, ese padre que es mostrado en la parábola del hijo pródigo pero, a su vez, está en los cielos y eso nos ayuda a ver, con todas sus implicaciones, otra dimensión de cómo es nuestro Dios. Esta frase nos recuerda que Dios sigue teniendo el control de la historia en sus dimensiones macro -de la humanidad- y micro -de mi vida personal-. Dios continúa siendo el creador y sustentador del universo y, aunque a menudo parezca lo contrario, cumplirá su...

JESÚS, NUESTRO

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  ...nuestro... (Mateo 6:9) Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre. Pero, inmediatamente después aparece el adjetivo plural nuestro. Nos habla de comunidad. Si bien es cierto que somos salvados de forma individual, no lo es menos que lo somos para ser incorporados a un cuerpo, una familia, una comunidad.  Esto choca con el individualismo radical del mundo occidental en el que el individuo está por encima de la comunidad y todo gira alrededor de él. Ese individualismo exacerbado incluso ha llegado a la iglesia donde nos hemos convertido en consumidores y no en discípulos, donde la iglesia sirve en la medida en que me sirve, pero no en la medida en que me equipa y motiva para la misión de Dios en el mundo.  El seguimiento de Jesús lo es en comunidad o no lo es. No existe tal cosa como una fe individual. No es acerca del Señor y yo. Es acerca del Señor y nosotros. Seguimos al Maestro juntos, con otras personas con las que tenemos un compromiso de mutualidad, de apoyarnos, a...

JESÚS, PADRE

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  Padre. (Mateo 6:9) Jesús nos enseñó que ante todo Dios es Padre. Esto automáticamente nos convierte a nosotros en hijos. Que el Maestro nos enseñara esta forma de ver, percibir, entender a Dios era algo totalmente revolucionario pues nunca había sido vista la relación con Él de esta manera. Piénsalo bien, Dios es tu Padre. Pero, si nuestra figura paterna no ha sido la adecuada se hace difícil poder visualizar a Dios como nuestro padre. Padres ausentes, abusivos, violentos, indiferentes, adictos, etc., pueden hacer que carezcamos de referentes positivos acerca de la paternidad y, consecuentemente, se haga difícil visualizar a Dios como nuestro padre, incluso nos llegue a producir un rechazo. La paternidad, como todas las dimensiones de la vida, ha sido afectada por el pecado y también necesita ser redimida. ¿Qué podemos hacer cuando carecemos de ese referente? ¿Cómo podemos llenar de sentido positivo a Dios como padre? Se me ocurre que la misma Escritura nos da la solución a ello ...

JESÚS, NO HACE FALTA COMPETIR CON OTROS.

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  «Pues eres precioso a mis ojos, muy importante, y te quiero». (Isaías 43:4) Siempre me ha llamado la atención la parábola que contó Jesús acerca de un fariseo que, mientras oraba, se comparaba con un recaudador de impuestos. Daba gracias a Dios porque se consideraba mejor que él: más espiritual, más santo, más dedicado, más fiel y más respetable. Su manera de afirmar su identidad y su valor consistía en mirar al otro desde arriba. «Soy mejor que él». Así respondía a esa pregunta que, de una forma u otra, todos nos hacemos: ¿quién soy? De la misma manera que algunas personas se definen por lo que los demás piensan de ellas, otras construyen su identidad sobre la necesidad de ser mejores que quienes las rodean. «No sé muy bien quién soy, pero sé que soy mejor que tú, y eso me hace sentir valioso». Sin embargo, vivir así produce un profundo desgaste emocional, mental e incluso espiritual. Nos obliga a competir constantemente, de manera consciente o inconsciente. Lo sé por experienci...

JESÚS, LO QUE LOS DEMÁS PIENSAN NO TE DEFINE

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  Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que ahora compartimos sus sufrimientos para compartir también su gloria.  (Romanos 8:17)   Seguimos con la necesidad de responder a la pregunta acerca de quién somos. Una tendencia, como ya vimos, es definirnos por medio de aquello que logramos, por medio de nuestro estatus, poder, los roles que desempeñamos.   En ocasiones, llegamos a creer que somos lo que los demás piensan de nosotros mismos. Si los demás nos quieren, nos aceptan, nos incluyen; entonces somos valiosos, tenemos dignidad, somos alguien. El problema es que aquello que otros piensan de nosotros nos define. Somos lo que las personas que hay a nuestro alrededor piensan y dicen acerca de nosotros. Cuando esto pasa estamos constantemente gestionando las impresiones, es decir, acomodándonos para no ser rechazados por los demás, para que no nos dejen de lado, para que no nos rechacen. Si no me quieren no soy digno, c...

JESÚS, ¿QUIÉN SOY?

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  Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco. (Lucas 3:22)   ¿Quién soy? Es una pregunta latente en todo ser humano. En nuestra sociedad occidental la cuestión está bastante anestesiada. No somos una cultura orientada a la reflexión pues esta produce dolor y tensión. No es fácil pensar sobre uno mismo, los resultados pueden ser demasiado difíciles de soportar. Pero, no importa si la afrontamos o no, la pregunta y la necesidad de saber quiénes somos sigue latente, aunque sea en nuestro subconsciente, y demanda respuestas, las exige y, por lo tanto, las busca.    En ocasiones llegamos a creer que somos nuestros logros. Nos definimos por lo que conseguimos, los objetivos que alcanzamos, el estatus que hemos logrado, el poder vinculado a este. Nos confundimos con nuestros roles y en el fondo del corazón hay un gran miedo a perder el rol; si no soy el líder, el pastor, el director, entonces ¿quién soy? Lo mismo sucede con nuestros logros, porque si estos nos definen y vali...