JESÚS, NUESTRO
...nuestro... (Mateo 6:9)
Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre. Pero, inmediatamente después aparece el adjetivo plural nuestro. Nos habla de comunidad. Si bien es cierto que somos salvados de forma individual, no lo es menos que lo somos para ser incorporados a un cuerpo, una familia, una comunidad.
Esto choca con el individualismo radical del mundo occidental en el que el individuo está por encima de la comunidad y todo gira alrededor de él. Ese individualismo exacerbado incluso ha llegado a la iglesia donde nos hemos convertido en consumidores y no en discípulos, donde la iglesia sirve en la medida en que me sirve, pero no en la medida en que me equipa y motiva para la misión de Dios en el mundo.
El seguimiento de Jesús lo es en comunidad o no lo es. No existe tal cosa como una fe individual. No es acerca del Señor y yo. Es acerca del Señor y nosotros. Seguimos al Maestro juntos, con otras personas con las que tenemos un compromiso de mutualidad, de apoyarnos, ayudarnos, soportamos, perdonarnos, motivarnos y sostenernos. Porque reconozco en los otros la imagen del Maestro al que sigo y de forma intencional me comprometo a estar con ellos en ese seguimiento.
Además, por si todo lo anterior no fuera suficiente, la comunidad de discípulos de Jesús ha de ser un testimonio ante el mundo de lo que Dios puede hacer cuando las personas se someten a Él. El propio Jesús afirmó que el mundo nos conocería por nuestro amor mutuo, es decir, nuestra voluntad de buscar el bien de los otros miembros de la comunidad.
¿Con quién estás comprometido? ¿A quién estás cuidando, apoyando, sosteniendo, motivando, soportando? ¿Hasta qué punto estás dando a otros lo que esperas que otros te den?

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