JESÚS Y LA IRA
Al verlos tan obcecados, Jesús les echó una mirada, enojado y entristecido al mismo tiempo, dijo al enfermo: — Extiende la mano. Él la extendió y la mano recuperó el movimiento. (Marcos 3:5)
Hay expectación en la sinagoga. La gente se pregunta si Jesús será capaz de quebrantar el sábado y curar a la persona enferma. Parece ser que ya comienzan a conocerlo y saben que, ante un caso de necesidad, no se frenará y les dará lo que buscan, una ocasión para acusarlo.
Jesús no tiene ningún problema el saltarse a la torera el sábado; ya lo ha demostrado en otras ocasiones. Lo que realmente le sabe mal es, literalmente, la dureza de su corazón ante la situación de necesidad de un ser humano. Su intransigencia en colocar los deberes y rituales religiosos por encima del sufrimiento de un congénere.
La respuesta de Jesús -suavizada por la traducción al castellano- es ira. Un sentimiento de enojo que se produce cuando uno siente que sus valores o prioridades más importantes son violados. Ira, una expresión de salud moral. Ira, una necesidad de responder ante el mal. Porque la insensibilidad de aquella gente, su indiferencia ante el dolor del otro, su preocupación por "cazar" al Maestro, es lo que realmente sulfura a Jesús, quien cumple sus expectativas y sana al hombre de su dolencia.
¿Qué cosas me producen ira? ¿Cuáles son las situaciones, circunstancias, realidades que tocan mi fibra moral y me hacen reaccionar ante la injusticia y el mal? ¿La decisión de la FIFA de retirar la tarjeta roja al jugador norteamericano? ¿Las decisiones del juez Peinado? o, por el contrario, tantas y tantas injusticias cometidas por el ser humano contra el ser humano? ¿Cuáles son las razones que nos llevan a clamar al Señor: ¡Hasta cuando!

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