JESÚS, LO QUEREMOS MUERTO
Al salir los fariseos, se reunieron con los del partido de Herodes para tramar el modo de matar a Jesús (Marcos 3:6)
Las conspiraciones generan extraños compañeros de cama. Los fariseos eran contrarios a la ocupación romana y, ademas eran un grupo religioso estricto y radical. Por el contrario, los del partido de Herodes eran un grupo político y favorables al ocupante romano. En un sentido eran como agua y aceite, difíciles de mezclar pero, cuando hay un enemigo común, en este caso Jesús, se generan las alianzas más inusitadas.
Jesús tan apenas ha comenzado su ministerio y ya tiene enemigos mortales. Los fariseos ven en Él alguien que altera su visión de cómo debe vivirse la religión y la relación con Dios. Los herodianos perciben el peligro que Jesús puede significar para el orden político establecido. No podemos negar que ambos grupos tienen una visión de las implicaciones que el ministerio de Jesús puede traer y son tan conscientes que consideran que la muerte es la mejor solución.
¿Es posible que nosotros también queramos muerto a Jesús? El Maestro siempre será un entrometido que quiere alterar nuestro estatus quo. Querrá opinar y decidir sobre nuestra forma de vivir en general y sobre aspectos particulares tales como las finanzas, las relaciones, la sexualidad, el matrimonio o no matrimonio, la política y un etcétera tan grande como desees. Además, pretenderá que orientemos nuestra vida hacia su misión de restauración y reconciliación. En fin, se pondrá, en muchas ocasiones, frente a nuestros intereses. No lo mataremos porque no podemos pero, hay formas más sibilinas de eliminarlo. Formas como ignorarlo, no averiguar qué quiere de nosotros, desobedecerlo, justificar nuestro estilo de vida, etc.
Podemos escandalizarnos que aquellos quisieran matar a Jesús. Nosotros, a menudo, lo matamos poco a poco en nuestras vidas.

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