CARTA DE SANTIAGO: CONFESIÓN DE PECADOS
Reconoced, pues, mutuamente vuestros pecados y orad unos por otros. Así sanaréis , ya que es muy poderosa la oración perseverante del justo. (Santiago 5:16)
Los cristianos evangélicos nos confesamos de forma personal con Dios. Línea directa. No consideramos que la confesión sea un sacramento ni que ningún ser humano tenga el poder o autoridad para perdonar pecados ¡Quién puede perdonar los pecados sino Dios! Afirmaron los fariseos ante el perdón que otorgó Jesús al paralítico llevado ante Él por sus amigos.
Pero, las cosas no siempre han sido así históricamente. En los primeros siglos del cristianismo, especialmente antes de la institucionalización del mismo, la confesión de los pecados era pública. La tradición reformado mantuvo la confesión de los pecados al pastor quien, sin perdonarlos, otorgaba al confesante la seguridad de que conforme a la promesa de Jesús estos habían sido perdonados. Hoy en día, la confesión de nuestros pecados a otras personas es prácticamente inexistente en los círculos evangélicos.
Pero, si hacemos caso a Santiago hay ciertos tipos de pecados que más allá del perdón precisan de sanción y está sólo llegará cuando el pecado es hecho público ante otros hermanos. Porque la confesión individual, personal con Dios nos libra de la culpa pero, la confesión pública nos sana y libera, especialmente de esos pecados que han arraigado en nuestras vidas y se han convertido en adicciones.
No estoy hablando de habilitar un espacio el domingo en la mañana para confesiones públicas. Estoy hablando de la necesidad de pequeños grupos donde exista seguridad psicológica y espiritual para poder confesarnos mutuamente nuestros pecados y, notemos bien el matiz de Santiago, seamos sanados.
Si no tenemos ese espacio hemos de buscarlo.

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