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JESÚS/ DERROCHAR/ MATEO 26:1-13



Estaba Jesús en Betania, en casa de un tal Simón, a quien llamaban el leproso, cuando una mujer que llevaba un perfume muy caro en un frasco de alabastro se acercó a él y vertió el perfume sobre su cabeza mientras estaba sentado a la mesa. Esta acción molestó a los discípulos, que dijeron:  ¿A qué viene tal derroche? Este perfume podía haberse vendido por muy buen precio y haber dado el importe a los pobres. (Mateo 26:7-9)

Aunque Mateo no lo indica sabemos por los otros evangelistas que los discípulos tenían toda la razón del mundo cuando indicaban que aquello era un auténtico derroche. El precio de aquel perfume rebasaba el salario que un obrero ganaba durante todo un año. También sabemos por los otros relatos bíblicos que era la cantidad que los discípulos mencionaron que apenas bastaría para dar un poco de comida a aquellas cinco mil personas reunidas para escuchar a Jesús. Aquella persona estaba ungiendo al Maestro con un perfume que costaba una auténtica fortuna y, por tanto, despertó la vena caritativa de los apóstoles que consideraron que se podía hacer un uso mejor de aquel recurso.

Para mí, sin embargo, hay una lección espiritual de primer orden, a saber, qué calidad y valor tiene aquello que le presentamos al Maestro. Aquella mujer no se anduvo con remilgos y le ofreció una auténtica fortuna, algo de increíble y gran valor, muchos de nosotros, lamentablemente, únicamente le ofrecemos a Jesús los restos, lo que nos sobra, lo que queda después de haber satisfecho todas nuestras necesidades emocionales, sociales, materiales y de otro índole y tipo. Y además, después de haber dado los restos sobrantes nos henchimos de autosatisfacción y legalismo y nos consideramos por encima de la media moral de la humanidad con el derecho a juzgar a todos los demás.

Lo que le damos a Jesús es, simple y llanamente, una muestra del aprecio que le tenemos, de la importancia que le damos. 

¿Qué le das a Jesús, lo mejor o las sobras? ¿Qué muestra esto de ti?

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