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HECHOS 40. EL CONCILIO DE JERUSALÉN 1



HECHOS 15:1-21

1 Cuando Pablo y Bernabé estaban en Antioquía de Siria, llegaron unos hombres de Judea y comenzaron a enseñarles a los creyentes:[a] «A menos que se circunciden como exige la ley de Moisés, no podrán ser salvos». 2 Pablo y Bernabé no estaban de acuerdo con ellos y discutieron con vehemencia. Finalmente, la iglesia decidió enviar a Pablo y a Bernabé a Jerusalén, junto con algunos creyentes del lugar, para que hablaran con los apóstoles y con los ancianos sobre esta cuestión. 3 La iglesia envió a los delegados a Jerusalén, quienes de camino se detuvieron en Fenicia y Samaria para visitar a los creyentes. Les contaron —para alegría de todos— que los gentiles[b] también se convertían.

4 Cuando llegaron a Jerusalén, toda la iglesia —incluidos los apóstoles y los ancianos— dio la bienvenida a Pablo y a Bernabé, quienes les informaron acerca de todo lo que Dios había hecho por medio de ellos. 5 Pero después algunos creyentes que pertenecían a la secta de los fariseos se pusieron de pie e insistieron: «Los convertidos gentiles deben ser circuncidados y hay que exigirles que sigan la ley de Moisés».

6 Así que los apóstoles y los ancianos se reunieron para resolver este asunto. 7 En la reunión, después de una larga discusión, Pedro se puso de pie y se dirigió a ellos de la siguiente manera: «Hermanos, todos ustedes saben que hace tiempo Dios me eligió de entre ustedes para que predicara a los gentiles a fin de que pudieran oír la Buena Noticia y creer. 8 Dios conoce el corazón humano y él confirmó que acepta a los gentiles al darles el Espíritu Santo, tal como lo hizo con nosotros. 9 Él no hizo ninguna distinción entre nosotros y ellos, pues les limpió el corazón por medio de la fe. 10 Entonces, ¿por qué ahora desafían a Dios al poner cargas sobre los creyentes[c] gentiles con un yugo que ni nosotros ni nuestros antepasados pudimos llevar? 11 Nosotros creemos que todos somos salvos de la misma manera, por la gracia no merecida que proviene del Señor Jesús».

12 Todos escucharon en silencio mientras Bernabé y Pablo les contaron de las señales milagrosas y maravillas que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles.

13 Cuando terminaron, Santiago se puso de pie y dijo: «Hermanos, escúchenme. 14 Pedro[d] les ha contado de cuando Dios visitó por primera vez a los gentiles para tomar de entre ellos un pueblo para sí mismo. 15 Y la conversión de los gentiles es precisamente lo que los profetas predijeron. Como está escrito:

16 “Después yo volveré
y restauraré la casa[e] caída de David.
Reconstruiré sus ruinas
y la restauraré,
17 para que el resto de la humanidad busque al SEñOR,
incluidos todos los gentiles,
todos los que he llamado para que sean míos.
El SEñOR ha hablado,
18 Aquel que hizo que estas cosas se dieran a conocer desde hace mucho”[f].

19 »Y mi opinión entonces es que no debemos ponerles obstáculos a los gentiles que se convierten a Dios. 20 Al contrario, deberíamos escribirles y decirles que se abstengan de comer alimentos ofrecidos a ídolos, de inmoralidad sexual, de comer carne de animales estrangulados y de consumir sangre. 21Pues esas leyes de Moisés se han predicado todos los días de descanso en las sinagogas judías de cada ciudad durante muchas generaciones».


El capítulo 15 del libro está dedicado, en su mayor parte, a narrar el llamado concilio de Jerusalén y las conclusiones a las que se llegaron en el mismo.

El cristianismo se encontraba ante una decisión de primer orden que podía condicionar de forma total su crecimiento y desarrollo. Los participantes en el concilio debían de decidir si para tener una relación con Dios y convertirse en un seguidor de Jesús era necesaria o no la observancia de la Ley de Moisés, es decir, si debían de convertirse desde el punto de vista cultural en judíos.

El cristianismo tuvo un origen judío y aquellas personas que lo abrazaban, al ser judías, lo consideraban como la culminación del propio judaísmo. Ahora bien, el problema se plantea cuando personas de origen griego o romano se convierten y, por tanto, carecen de ese trasfondo y el judaísmo no significa nada para ellos. Un sector de la iglesia, el de origen judío, exigía que junto a la conversión a Jesús hubiera también una conversión a la religión judía, incluyendo la circuncisión y la observancia de todos los preceptos reflejados en la Ley mosaica.

Afortunadamente, con buen juicio, los entonces dirigentes de la comunidad de seguidores de Jesús entendieron que una cosa era seguir a Jesús y otra muy diferente todas las normas religiosas y culturales propias del judaísmo y que los no judíos debían de estar exentos de la práctica de las mismas y su salvación se obtenía por confiar en Jesús y no por la observancia de la Ley.

Hoy el problema sigue siendo el mismo. Pretendemos, no dudo que con buena motivación, que cuando alguien quiera seguir a Jesús lo haga como nosotros lo hacemos porque, y es normal, estamos convencidos que nuestro seguimiento de Jesús, no únicamente el fondo, sino también la forma, es la MANERA de hacerlo y, consecuentemente, proyectamos sobre el nuevo seguidor de Jesús nuestras expectativas y damos por sentado que debe adaptarse a las mismas. Pocas veces pensamos que existe un paralelismo con la situación que vivieron los cristianos del siglo primero y que estamos pidiéndoles a las personas, no únicamente que se conviertan al Señor, sino que lo hagan así mismo a nuestra cultura, hábitos, valores y formas de expresar la fe. Pero, seamos conscientes que ambas cosas no son lo mismo.


Un principio

En ocasiones, el precio cultura de seguir a Jesús es más alto que el precio que el propio Jesús impone.

Una pregunta

¿Por qué pensamos que si alguien quiere seguir a Jesús debe hacerlo como nosotros lo hacemos? ¿Cuál es el peligro que esto tiene?

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