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OH DIOS, TE DOY GRACIAS POR UN SER COMO LOS DEMÁS




A unos que alardeaban de su propia rectitud y despreciaban a todos los demás, Jesús les contó esta parábola: (Lucas 18:9)


Lucas indica para quién y con qué finalidad contó Jesús esta parábola. Pero antes, una experiencia personal. Hace un par de años, recién cumplidos los sesenta años, hice un test que reveló realidades muy profundas sobre mi vida, mi liderazgo, mi forma de reaccionar y relacionarme con otros ¡Ojalá el Señor me hubiera permitido haberlo hecho antes! ¡Cuánto dolor me habría ahorrado y probablemente habría ahorrado a otros!

El test se centra en tu identidad como persona e indica que a menos que ésta no esté segura y tenga claro su valor y dignidad, buscará validarse y lograr esa dignidad por tres medios diferentes, todos ellos disfuncionales, insanos y, a larga, destructivos y generadores de identidades falsas en constante tensión por no perder esa frágil identidad que de esos tres medios se derivan.

El primero de esos medios es la complacencia. Yo tengo valor, sentido y dignidad si los demás me quieren, me aman, me aceptan, me incluyen. Me entrego a los demás y a sus necesidades, me sacrifico abnegadamente, renuncio a mis derechos y necesidades. Fácil de espiritualizar pero... en el fondo te vendes para ser querido, estás protegiendo tu identidad.

El segundo de esos medios es el control. Como antes, yo tengo valor, sentido y dignidad si consigo cosas, objetivos, responsabilidades, poder, influencia, cargos, ministerios. etc. Este también es fácil de espiritualizar, diremos que lo hacemos por el Señor, su obra, su Reino, los perdidos y toda esa letanía que el controlador usa para justificar su tremenda necesidad de defender su identidad, de validarse a través de lo que hace o logra.

El tercero de estos medios, en el que yo estaba y me encuentro en proceso de dolorosa recuperación, es la protección. Yo tengo valor, sentido y dignidad si soy superior a los demás, Me valido por comparación y una comparación que, naturalmente, resulta positiva para mí. No necesito hacer ninguna ostentación externa de mi superioridad, no necesito que los demás la reconozcan, me basta con saber que lo soy y poder mirar a los otros por encima del hombre. No quiero hablar del control y la complacencia porque no es mi reto, quiero hablar de la protección porque es el área de mi vida que Jesús está trabajando para redimir.

Jesús elaboró la parábola del publicano y el fariseo pensando en mí, lo reconozco y pido perdón porque es un pecado interno y sutil. Y me hace pensar en mis pobres hermanos que sufren como yo de una identidad frágil en Cristo y que, por tanto, necesitan sentirse superiores a los demás, necesitan decir te doy gracias por no ser como los demás; arminianos, calvinistas, pentecostales, carismáticos, dispensacionalistas, católicos, emergentes, hillsonianos, liberales, superficiales, etc., etc., etc. Se siente mejor en esa triste y miserable comparación y así apuntala una frágil identidad que aún no ha sido restaurada por el Maestro.

Otro día me gustaría comentar cómo lo está conmigo, fariseo de los cuales yo soy el primero

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