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EN LA TORMENTA



Decía Sión: Me ha dejado el Señor, mi Dios se ha olvidado de mí. ¿Se olvida una madre de su criatura, deja de amar al hijo de sus entrañas? Pues aunque una madre se olvidara, yo jamás me olvidaré. (Isaías 49:14-15)


Todos los problemas en la vida son consecuencia del pecado. Si, ya sé que es una simplificación de algo mucho más complejo. Sin embargo, si lo pensamos bien, veremos que la mayoría de las cosas que vivimos y experimentamos tienen su origen en las consecuencias de nuestras propias decisiones, o bien en que sufrimos las consecuencias de las decisiones de otros, sean cercanos -nuestro entorno más próximo- o lejanos -el ambiente social, político y económico en el que nos desenvolvemos-. Paralelo a esto está el hecho de que somos seres finitos y, consecuentemente, enfermamos y morimos; ahora bien, esto último, la muerte, también es una consecuencia del pecado.

Mi punto es que no hay vida sin sufrimiento y conocer a Dios y tener una relación personal con Él no es una garantía de que el sufrimiento, el dolor, los accidentes y, finalmente, la muerte no van a llegar a nuestra vida. Miente, y lo hace descaradamente y falta a la verdad quien afirme lo contrario, quien predique un evangelio de prosperidad sin fin y bendición tras bendición que nos hace inmunes a cualquier mal. Basta recordar que hasta el mismo Señor Jesús sufrió física, emocional y espiritualmente.

Ahora bien, en medio de todo ello el Señor ha prometido su presencia. En medio del dolor físico y el sufrimiento emocional y espiritual es necesario buscarlo y es posible hallarlo porque está ahí, porque ha prometido no dejarnos, porque su compromiso es permanecer con nosotros hasta el fin. Es normal cuando estamos en medio de las tormentas de la vida tener esa sensación de que todo va mal y no hay esperanza; es normal incluso sentirse abandonados por Dios ¿No lo experimentó el propio Jesús? Es entonces cuando más necesitamos recordar sus promesas.


¿Qué situaciones en tu vida hacen necesario que recuerdes las promesas de Dios?

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