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OSEAS/ ESCUCHA/ OSEAS 4




Escuchad, israelitas, la palabra del Señor, porque el Señor está en pleito con los habitantes del país, pues no hay fidelidad, ni amor, ni conocimiento de Dios en el país. (Oseas 4:1)


¡Escucha! Esta exhortación de parte del Señor aparece decenas y decenas de veces en las Escrituras. Una y otra vez Dios le pide a su pueblo que pare atención a su voz y, en muchas ocasiones, esta recomendación va unida a la advertencia que, de no hacerlo, se puede endurecer su corazón de forma irremediable.

En cada situación que vivimos y experimentamos siempre hay un montón de voces hablando a nuestra vida, puede tratarse de la voz de nuestros intereses, de nuestro orgullo, nuestros deseos pueden gritar de forma ensordecedora, nuestras emociones exclaman, las oportunidades invitan, el pecado habla con claridad y así, un largo etcétera. Todas estas voces pueden apagar la voz de Dios hablando a nuestro corazón y a nuestra situación con total, absoluta y meridiana claridad.

Muchas veces no escuchamos la voz del Señor porque no deseamos hacerlo. Lo que nos diga no nos gusta, nos confronta, nos inquieta, nos molesta y, consecuentemente, no deseamos oír lo que tenga que decir. En otras ocasiones se trata de un tema de aprendizaje. Mientras las otras voces irrumpen, en ocasiones hasta violentamente, en nuestra mente, la voz del Padre exige silencio, pararse y escuchar. Exige también reconocer y acallar las otras voces para darle prioridad.

La voz del Señor es una brújula interior que siempre nos indica el norte, siempre nos señala la dirección correcta, el camino a seguir. Este, el camino a seguir, no siempre es el más fácil o placentera. No es en todas las ocasiones el que desearíamos tomar. Eso si, siempre es el mejor para nuestras vidas aunque a corto plazo pudiera parecer lo contrario.


¿Qué te impide escuchar la voz del Señor en tu vida?

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