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SEGUNDA CARTA DE PABLO A LOS CRISTIANOS DE CORINTO/ ACERCA DE LA DISCIPLINA/ 2:1-12



Si alguno ha causado tristeza, no me la ha causado sólo a mí, sino hasta cierto punto también a todos ustedes. Digo «hasta cierto punto» para no exagerar. El castigo que la mayoría de ustedes le impuso a esa persona, ya es suficiente. Lo que ahora deben hacer es perdonarlo y ayudarlo, no sea que tanta tristeza lo lleve a la desesperación. (2 Corintios 2:5-7)

En este pasaje Pablo hace referencia a una situación de disciplina en el contexto de la comunidad de seguidores de Jesús de Corinto. De alguna manera, que desconocemos, alguien de la iglesia había ofendido al apóstol y fue sometida a disciplina. Alrededor de este evento se desarrolla esta parte de la carta.

La disciplina en las comunidades cristianas siempre ha sido un tema delicado. Hay comunidades muy permisivas y otras excesivamente estrictas. También es cierto que, con demasiada frecuencia, se aplica la misma a temas relacionados con la moral sexual y también, con excesiva frecuencia, quedan impunes otros pecados que son condenados con la misma contundencia en las Escrituras.

Sin cuestionar la disciplina si que pienso que vale la pena que tomemos nota del importante principio espiritual que aparece en estos versículos. La disciplina debe llevar consigo un perdón genuino del ofensor y debe administrarse en el grado justo impidiendo que lleve a la persona a una situación de tristeza excesiva y, como consecuencia, desesperación.

La disciplina bíblica siempre tiene como finalidad recuperar a la persona, renovarla y restaurarla. Si la disciplina no está orientada a este fin y no es la motivación con la que es aplicada por los responsables de la comunidad, entonces pierde su razón de ser y se convierte única y exclusivamente en una venganza sancionada por el liderazgo.

El propósito y la motivación debería estar siempre presente en la mente y el corazón de aquellos que tienen la extremada responsabilidad de ejercer disciplina.



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